La noche del 22 de noviembre del año 2018, en su lujoso apartamento del piso 32 de la torre Alfa, sobre la Avenida Reforma de la Ciudad de México, fue asesinado el banquero Joaquín Arizmendi, de tres balazos: uno en la cabeza, otro en el corazón, otro en el bajo vientre, en los genitales.

El primer sospechoso fue el crimen organizado. Según esta línea de especulación, se trató de un robo que se complicó cuando Arizmendi se apersonó ante los intrusos y les ofreció resistencia.

Pero cuando se supo que la víctima iba vestida con un traje de látex que le cubría de los tobillos a la nuca, incluyendo el rostro, surgió la hipótesis sadomasoquista: entretenido en torturarse a sí mismo, Arizmendi habría cruzado la línea de causarse dolor placentero, y se habría suicidado.

Por fin se contempla una tercera posibilidad. Arizmendi podría haber sido asesinado por otros banqueros: se trataría de un ajuste de cuentas entre profesionales de la banca.

Las tres teorías parecen válidas, y acá exponemos la lógica de cada una.

En el piso de duela del apartamento de Arizmendi se encontraron huellas de varios pares de zapatos y, más crucialmente, no se encontró la pieza central de la colección de arte del banquero: el célebre lienzo en blanco de dos metros por dos, firmado por Demian Hirst, valuado en 3 millones de euros, y considerado por los críticos del arte contemporáneo “como la pieza que cifra y descifra esta corriente artística”.

La hipótesis del asesinato a manos de otros banqueros requiere historiar brevemente a Arizmendi. Arizmendi llegó a México hace diez años para dirigir la sucursal del Banco Santander. Luego de estudiar los números del banco español en el país, lo que hizo fue reunirse con cada uno de los directores de los bancos con sede en México, siempre en un campo de golf, para proponerles un pacto.

—Nuestra meta es la misma, ganar dinero —dijo a cada uno. —¿Para qué competimos y nos estorbamos uno al otro? Mejor cobremos a nuestros clientes por cada servicio.

Es decir, por retirar dinero y por depositar dinero; por transferir dinero y por no realizar operaciones en un mes; por tener una tarjeta de crédito y por no tener una tarjeta de crédito; por cobrar un cheque y por pagar con un cheque; y un largo etcétera.

—Si les cobramos hasta por respirar —dijo Arizmendi— pero lo hacemos todos y cada uno, dejaremos sin alternativa a los clientes, y cada banco hinchará su ganancia.

Con esa táctica los bancos en el país crecieron al 20% anual durante diez años, mientras el país crecía al 1.7%.

Cuando en fecha reciente la bancada de la Izquierda presentó en el Congreso Mexicano la iniciativa de prohibir esos cobros abusivos, Arizmendi citó en su apartamento a los otros directores de los bancos y les propuso responder al fuego con fuego: operar una crisis financiera en el país.

—Que se vaya a la mierda este país de cuarta —les dijo—, ¿qué nos importa a nosotros? Asfixiemos al país hasta que los políticos vengan de rodillas a pedirnos perdón.

A la propuesta agregó entonces un idea, que la volvía al parecer irrenunciable. Advirtió a los otros banqueros que había grabado las conversaciones donde cada uno de ellos, hacía diez años, había aceptado “esquivar la competencia y mejor asfixiar a los usuarios”. Un acuerdo ilegal, que podría llevar a la cárcel a los implicados.

Según esta hipótesis, los once señores trajeados y de corbata se retiraron a considerar la propuesta y estando reunidos en el elevador que los llevaba a planta baja, decidieron deshacerse de Arizmendi, ese depredador desquiciado.

Uno de los banqueros habría sacado una pistola del portaguantes de su camioneta blindada, habría regresado al apartamento, y al encontrarse con Arizmendi vestido en látex, le habría disparado tres veces, en la cabeza, en el corazón y por fin en los genitales. Y como comisión por el asesinato, el banquero se habría llevado el lienzo vacío del principal ideólogo del arte contemporáneo, Demian Hirst.

La hipótesis del sadomasoquismo es más simple pero requiere adentrarse en la psique del asesinado. Arizmendi era un hombre obsedido por ganar. Según su sicoanalista “vivía de prisa, queriendo extraer de cada minuto algo para sí, más placer, más dinero, más emoción, más de lo que fuera”. Su codicia y egoísmo eran legendarios. Como banquero había propositivamente desestabilizado dos países. Ruanda y Egipto. Y como antes se ha mencionado, se proponía destruir la economía de México.

Pero al banquero se le presentaba un pequeño problema, cuando se quedaba solo consigo mismo: no sabía como descansar de su obsesión por ganar. Tres veces divorciado, distanciado de sus seis hijos, que lo aborrecían por su temperamento rabioso, hastiado de la monotonía de la prostitución, en sus noches solitarias empezó a practicar el sadomasoquismo erótico. Se desvestía de su traje de tres piezas, se vestía el traje de látex y se convertía en su propio verdugo y su propia víctima.

Según esta hipótesis, aquella noche fatal del 22 de noviembre, Arizmendi se estrangulaba a sí mismo, jalando un cordón del traje de látex, colocado a nivel de la garganta, precisamente para procurar asfixias eróticas, cuando sufrió un episodio de franca escisión de personalidad:

_¡Basta de asfixiarme! —habría dicho la víctima al verdugo. —Yo te mataré a ti.

La víctima tomó del cajón de una cómoda un revolver y se disparó tres veces: en los genitales, el corazón y la cabeza.

—Descanse en paz —dijo Ana Botín, presidenta internacional del Banco Santander, en la recepción posterior al entierro de Arizmendi. Alzó su copa de martini y con lágrimas bajando de sus ojos, agregó: —Fue el más puro de los lobos de la manada.

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